Por Eduardo César Ferraiuelo
Mi infancia y adolescencia transcurrió en el barrio de la
estación allá por los años cincuenta hasta mediados de los sesenta, mi casa paterna estaba en la calle Dorrego 917
(hoy 3317), casi esquina 9 de Julio.
Ese lugar, tan significativo para mí, me
genera bellos recuerdos que hoy quiero compartir… vivíamos en una casa alquilada típica de
esa época, se entraba por un zaguán con puerta de hierro, luego la puerta
cancel y se accedía a un patio con galería donde daban las tres habitaciones y
la cocina. El baño estaba al lado de una habitación, para usarlo había que atravesarla.
Una puerta al lado de la cocina comunicaba
con el fondo de la casa, una parte con baldosas de varios colores y el resto de
tierra. con un gallinero, un galponcito y el infaltable excusado, la bomba de
elevación, con pileta de cemento y su
tabla de lavar.
El espacio de la cocina estaba compuesto
por una cocina económica, luego una de kerosén a bomba, mesa y sillas de madera
y la heladera de madera forrada con chapas de cinc a hielo, se compraba una cuarta barra que duraba
varios días, un aparador de madera y una repisa con una radio eléctrica a
válvulas.
Para calefaccionar las habitaciones y el baño contábamos con una estufa a kerosén
y uno o dos calentadores “Bram Metal” .
El
barrio
El barrio de “la estación” estaba
delimitado por el Boulevard Pringles con una plazoleta al centro, con tres o
cuatro palmeras por cuadra y alguna otra variedad de plantas, allí terminaban
las calles Alvaro Barros, Sargento Cabral, Necochea, Dorrego, Belgrano y San
Martín y éstas atravesadas por la 9 de Julio, 25 de Mayo y España
aproximadamente.
Si la memoria no me juega una mala pasada
las únicas con asfalto eran Alvaro Barros y Sargento Cabral el resto eran
empedradas con adoquines.
La luz artificial era unas lámparas o
bombillas de filamento incandescente que daban una luz amarillenta (mortecina
como dice el tango Garúa) colocadas una en cada esquina y otra a mitad de
cuadra.
En verano a la hora de la siesta los chicos
de barrio nos juntábamos en la estación para ver llegar y salir los trenes de
pasajeros y carga, escuchar sonar la campana era señal que el tren detenido en
el andén estaba por partir y para nosotros significaba caminar por las vías en
busca de algo, un tornillo con tuerca para hacer rompeportones con azufre y
algo más, alguna moneda, algo que se cayera del tren, todo servía para inventar
algo o sólo como recuerdo.
Jugar a la pelota en la plazoleta de la
estación o en algún “campito” y aún a la nochecita en las esquinas que había
más luz era nuestra diversión favorita.
También jugábamos a las escondidas, a los pistoleros
con revólveres de madera que nos hacían nuestros padres o abuelos, la payana,
las figuritas, las bolitas y correr carreras con autos de madera que tirábamos
con un piolín.
Recuerdo que mi abuelo Eladio, me enseñó a
hacerlos y con su ayuda los fabricaba y vendía al igual que autitos de plástico
que le ponía rueditas de goma (que eran
las tapitas de los frascos de penicilina), un plomo atado al techo con un
elástico para que tenga más peso y ballenitas de las camisas como amortiguación
y también vendía.
Uno de los momentos que más recuerdo es
cuando iba a la casa de mis abuelos maternos a media cuadra de la mía. Mi
abuelo que era sastre -mate de por medio- me enseñaba manualidades y contaba
anécdotas de su España natal; mientras que con mi abuela –maestra- hacía los
deberes. Como olvidar los sabañones en las orejas y los mocos abriendo un surco
sobre la tierra pegada en el labio.
Voy a descansar un rato, se me ha nublado
la vista, no se si es cansancio o alguna lágrima traviesa que se ha escapado de
los ojos…¡Cuantos recuerdos!
Además de la estación en el barrio estaba y
aún está la Escuela 8, el Club Ferro Carril Sud y algunos negocios
tradicionales como el Hotel Los vascos, la Panadería Los Vascos, la casa
Pologna, el bar Ajito, la joyería de Mayoz, la Farmacia Masera (ahora Spínola),
el taller de los Hermanos Emiliozzi, la cooperativa la despensa, la
bicicletería de Franco, Ferretería Victor todos ubicados sobre la calle Necochea.
Por Dorrego se ubicaban la Casa Endere, el
Hotel Argentino, una unidad básica, la carnicería de Salonia, la Escuela 8, el
viejo Hotel Largout, almacenes, tiendas de los Alem o Abdala y algún que otro
negocio típico de aquella época como los kioscos sobre las plazoletas del
boulevard en las esquina uno en Necochea y otro en Dorrego.
Eran épocas muy lindas y tranquilas, todas
las mañanas pasaba el lechero, el diariero, el gringo con la verdura recién
cortada, el vendedor de kerosén o hielo y cobraban una vez por mes, existía la libreta
del almacén o carnicería.
Los vecinos se juntaban a tomar mate en la
vereda de alguna casa, se saludaban con franqueza y simpatía, se ayudaban entre
sí, se tenían mucha confianza, un apretón de manos sellaba un acuerdo o un
trato que se respetaba a rajatabla.
No existía la tele, la compu, el celu,
wifi, tablets, horno microondas, freezer, los pañales descartables y tantas
cosas más, tirar el cuerito para el empacho, curar la ojeadura, gárgaras con
agua y sal, eran los remedios caseros y ni hablar de las comidas, todo se hacía
en la casa. El auto era cosa de “ricos” y algunos afortunados teníamos bici… ¡pero qué felices éramos!.
Todo es distinto para bien o para mal pero
es distinto, hay muchas más comodidades, gas, agua corriente, cloacas, la
tecnología avanza a pasos agigantados, se puede acceder con facilidad a ciertos
lujos como comprarse un autito, viajar, ir a la facultad.
Y así transcurre la vida, nos vamos
haciendo grandes, llegaron los hijos y
los nietos cada uno con sus aspiraciones, deseos, éxitos y fracasos y
esto es la vida, que deja huellas,
algunas dolorosas, vida demasiado corta para mi gusto.